Hace unos cuantos años, tampoco tantos, si a alguien le apetecía desde la comodidad de su casa informarse, entretenerse o simplemente no sentirse solo podía conectar un aparato destinado al uso tal como un televisor o una radio. Ya fuera en el comedor, el baño, la cocina u otra estancia casera uno podía ponerse al corriente de lo que en ese momento alguien estuviera informando, relatando o debatiendo. También quedaba una opción menos tecnológica, pero más refrescante: asomarse por la ventana. Desde aquella, una cualquiera como tantas otras, alguien podía observar el devenir del planeta en su forma más local, la de barrio, el de uno cualquiera como tantos otros. Tan sólo asomando parte de la cabeza uno podía enterarse de asuntos tan vitales y ordinarios como la meteorología circundante, observar el vuelo de las golondrinas o las puestas de los gorriones, descubrir el diseño de los últimos modelos de automóviles o incluso contemplar, desde las ventanas más afortunadas, parte del eterno baile nocturno entre estrellas y planetas. Lo único malo de aquellos cuadrados de cristal es que uno no podía ver, generalmente, más allá de lo que le permitía su pequeño ecosistema urbano o rural. Sin embargo, casi sin darnos cuenta, esas aberturas al mundo que solían servir para enterarnos de lo más próximo han ido evolucionando hasta mutar en otro cuadrado más pequeño, uno que se mide en pulgadas, hercios y RAM . Algunos “tecnozoólogos” aseguran que proviene de la televisión, por lo que se comenta que podría ser un pariente cercano, aunque se desenvuelvan en distintos medios, más o menos como ocurre con el elefante y el manatí. Sea como fuere, la capacidad informativa del “nuevo” organismo es tan sumamente superior a su predecesor que daría vergüenza tener que explicar que, generalmente, un niño de 14, 15 ó 16 años de hoy día no sea igual a uno de hace cincuenta, sino fuera porque la televisión se encarga de demostrar que no por mucha información uno es más inteligente.
Lo queramos o no, nos interese o no, estemos en la onda o no, seamos “tecnozoólogos” o “tecnófobos”, nos manejemos por ella como un capitán de trasatlántico o un mero dominguero playero sobre un patinete, Internet es un mar necesario. Quizás también un mal, pero eso ya depende del uso que uno le vaya a dar. Incluso depende mucho antes de lo que concibamos como mal y de la graduación y objetividad que le otorguemos al concepto. Internet es parte de la Ciencia, esa misma que inventó la bomba atómica y también la electricidad. En sí, esa inmensa Red neuronal que es Internet nos podrá dar cosas mejores y cosas peores, pero eso ya depende de nosotros y del uso que le demos como herramienta. Lo mismo que un homo sapiens hace 70.000 años podía usar un palo afilado indistintamente para cazar -lo cual le permitía sobrevivir- o para matar a un neandertal. Lo que habría que tener claro es que Internet vendría a ser lo que en su día fue la imprenta de Gutenberg: irreversible. Así que aquellos que piensen que es el Mundo quien tiene que adecuarse a ellos y no ellos al Mundo, crudo lo llevan. Ahora ya no solemos mirar por la ventana con la frecuencia con que lo hacíamos antes, pero sí acceder al infinito tan sencillamente como con un par de clicks. No hay peor o mejor, tan sólo son medios diferentes. El Mundo ya no gira por una carretera sin pavimentar, sino por una autopista de la información. Eso bien lo sabían algunos veinteañeros de hace unas décadas como Steve Jobs o Bill Gates, de la década pasada como Jarry Yang y David Filo u otros de esta década como Larry Page o Sergey Brin. Lo que parece claro a estas alturas es que ciertas industrias han pecado de tradicionales en el sentido más tonto del término, mientras se han ido fundiendo ingentes cantidades de dinero en crear carismas artificiales. ¿Qué más da finito o infinito si la esencia es el fin? Como decía Pitágoras, lo bueno de la educación es que, generalmente, evita un castigo. Algún día se entenderá que, en según qué casos, castigar a un maleducado -en el sentido más pedagógico del término- demuestra la imbecilidad de quien pide el castigo. Más aún cuando quien lo pide debería haberse encargado de la misma.
It’s the evolution, baby.













